jueves, septiembre 21, 2006

Cuando los Significados Empalagan

Cuando los significados empiezan a empalagar, las palabras buscan otro tipo de manifestaciones. Es como si las películas de Hollywood se repitiesen una y otra vez todos los días. Esa repetición, esa hemorragia de escenas, de términos, acaban por distorsionar la imagen, y ésta se escabulle modificando así su significado original. De esa manera, unas fresas con champagna, podrían terminar ofreciéndose en un carrito de paletas al lado del man de las butifarras, en el entretiempo de un partido de fútbol. Aquella sensación del primer ósculo a la luz de las estrellas detrás de un Cadillac viendo películas en blanco y negro, se aterriza y se convierte en un beso estampado a trompicones en una verbena a ritmo de vallenato llorón. Esa banda amarilla de hule de “Live Strong” creada por Armstrong en su campaña contra el cáncer, se transforma en una moda, en donde no es suficiente tener una, sino dos en cada brazo y de distintos colores.

Las palabras, al igual que las imágenes sufren una transformación sutil. Es habitual que un extraño se nos dirija como “jefe”, “primo”, “hermanito”. A la que vende corrientazos se le pregunta: ¿Oye mi vida cuánto es? En conversaciones, ese “Mi amor” y “Mi vida”, tienen el objetivo de acercar y poner en su sitio al mismo tiempo: ¡No mi amor, olvídate!, “Hermano, no puedo hacer más nada”. Esas son las conversaciones que presencio entre extraños que nunca se miran a los ojos y se dicen “Mi amor”, “My love”, “Mon amour”. Es inusual hoy en día oír ese “Mi amor” entre personas que sí se quieren. Raro me parece. Una vez que sale el “Mi amor” o el “Primo” a colación, hay que estar mosca. Puede ser un pretexto para ganar de cuento, para engañar de manera inocente.

Lo contrario se ve entre verdaderos amigos y amigas. Toda vez que ese “Mi amor”, ese “Primito”, ese “Mi vida” están tan gastados y no dicen lo que en realidad quieren significar, se terminan comunicando entre ellos con insultos y se mientan la madre espontáneamente: ¿Oye mal nacido como estás? ¿Oye bandida, para donde vas? Se cambian los papeles: los insultos son ahora las flores con que adornamos a nuestras amistades más cercanas. Será por la escasez de palabras en el idioma? ¿Será por la aglomeración, la sobrepoblación de significados para una misma cosa, o será por el mero placer de crear nuevas conexiones entre palabras e imágenes?

El lenguaje siempre busca la forma de expresar lo que necesita. Es la mosca encerrada en un carro que rebota contra el vidrio y la pared hasta que encuentra un hueco por donde escapar y se libera, pero completamente deformada. El lenguaje viene siendo un Frankenstein flotante que siempre muta, siempre intenta vivir a pesar de su origen, buscando conexiones imaginarias y a tres bandas.

“El Abrazo del Pato”, término descubierto para referirse a las gripas y catarros se coló en el vocabulario cotidiano hace unos años. He visto cómo ha evolucionado, desafortunadamente coincidiendo su metamorfosis con mis resfriados. En la época de la pelea de boxeo cuando Tyson le arrancó la oreja a su contrincante con un mordisco… comenzó a mutarse y a conocerse como el “Abrazo de Tyson”, y así sucesivamente. Creo que la última vez tenia el nombre del “Abrazo de Montoya”. Tocará enfermarse a la fuerza para actualizar el repertorio.

Cuánto vale? ¿Ochenta mil pesos? ¿Ochenta mil barras? ¿Ochenta mil lucas? ¿Ochenta cocos? ¿Ochenta puntos?, ¿Ochenta pesos?. Todas estas expresiones se refieren a un mismo valor estando en el bolsillo, físicamente son iguales, y sin embargo, tienen distintos significados. Quizás es que el lenguaje busca lo que suena sensual, aquello que deja un saborcito en la boca para adornar y hacer más afable el día a día. Es recrear de manera barroca el léxico, haciendo que el acto y la imagen sean iguales de juguetonas al momento de hablar.

“Listo Calixto”, “Qué culebra tengo”, “Le sonó la flauta”, “Dame una fría”, “Está en redonda ligada”, “Ajá”, “Eche”, “Cuadro”, “Bájate del bus”, “Trillar”, “Qué camello”, “ponte mosca” , “no seas barro”, todas éstas son palabras y términos que tienen historias distintas y ambiguas y que por sí solas confunden. Como camaleonas cambian de significado dependiendo del contexto en el cual son dichas y el tono con el cual el Darwin del idioma las pronuncia, que al final es lo que les da vida propia y que como decía un filólogo de Rebolo, es lo que ultimadamente importa.

Los Requisitos

Todavia me intrigan las creencias acerca de la validez de los requisitos, aptitudes y actitudes para ejercer profesiones. Crecí con los mitos o realidades (aún no sé cuál de las dos son) de que si se era bueno en matemáticas se debía ser ingeniero o economista. A los que los atropellaba una simple suma que quebrados, y en cambio eran discutidores, peleadores, la carrera de abogado los esperaba con los brazos abiertos. Aquellos que se inclinaban por negociar puestos en las filas de kioscos, terminar álbumes de Panini, se les veía administrando empresas, y así sucesivamente, las personas iban escogiendo lo que consideran que quieren hacer con su vida a partir de unos prototipos aparentemente claros.

Yo fui uno de esos que cabía a medias en todas las categorías, y al mismo tiempo en ninguna. Terminé siendo “alzadito” y “pendenciero” para compensar el karma de ser por varios anos el bonsái de mi curso. Las matemáticas me empezaron a gustar cuando por fin pude imaginármelas, y nunca alcancé a completar un álbum con figuras del mundial de fútbol. En vez de preocuparme por pensar para qué servía en la vida, divagaba dibujando en las solapas de cuadernos imaginándome una vida como biólogo genético, astronauta y chef -actividades ejercidas al mismo tiempo-.

Divago acerca de las aptitudes y actitudes para ejercer una profesión ya que por cosas del destino he estado paseándome por universidades toda la vida buscando infructuosamente aquella en la que ofrezcan la carrera de “todero”. La imagen de estudiantes corriendo para llegar temprano a clase de siete, trasnochandose haciendo trabajos aburridos, nutriendo dia a dia la base de datos de “excusas” del mundo, se hace cada dia mas clara y me pregunto si vale la pena o no? Vale la pena perseguir esa profesion forrada en papel regalo, y escogida por unas razones completamente arbitrarias y casi al azar? Lo más cerquita que he estado de pertenecer a la profesión de “todero”, es cuando participo en tertulias con conocidos o desconocidos, quienes se vanaglorían de no haber estudiado nada y de haberse graduado (con honores y contentos) en la Universidad de la Vida. En esas conversaciones salen a relucir los ejemplos de personas que ratifican las virtudes de esa Alma Mater, la cual es gratis, sin horario de clases y que brinda permanentes programas de Educación Continua: desde cursos de catador de degustaciones y vinos en supermercados, hasta cursos avanzados de Patologia en Cocteles .

En medio de estas paradojas de la vida, me pregunto si para los que estudian Biología, Ecología o Veterinaria, es indispensable ser vegetariano? Mi posición es un tanto extremista pero creo que lógica. Asumo que el amor por los animales es algo que atrae a esas personas. ¿Cómo preservar el ecosistema, salvar a los animales , mientras estos “proyectos de profesionales” celebran pasar un examen final comiendo morcillas jugosas o una chicharronada a ritmo tambores estirados con piel de vaca?, ¿Es posible diferenciar las dos acciones?, ¿Comerse a las vaquitas mientras se buscan formas de preservar su vida?

Con esto en mente, no veo cómo un caníbal anhele querer ser médico. Quién quita que exista por ahí, y aún no haya salido del closet. ¿Me pregunto si es indispensable no fumar para querer ser médico? ¿Será que es una de las ”preguntas del millón” de los examenes de admision para ingresar a una facultad de medicina?. No concibo cómo un médico puede recomendarle a su paciente parar de fumar, y terminar la cita prendiendo un cigarrillo. Sólo te puede liberar, quien es libre.

De la misma manera, no concibo a alguien que le guste hacer dieta, que sea flaco y que quiera ser cocinero. Nunca se debe confiar en un chef que no sea gordo. La imagen de cocinero es siempre la de un bonachón, con mentalidad de “gordito”, que le guste la comida. Cabe anotar que lo uno no quita lo otro; eso no quiere decir, que los glotones seamos predestinados para ser cocineros. Se complica la cosa siempre, se llena de infinidad de grises.

Es empalagoso ponerse a digerir toda esta información que nos bombardea día a día, y las cosas en que nos enfocamos para definir qué queremos hacer con nuestra vida. ¿Cuáles serán las aptitudes para “ser un bueno para nada”? ¿Existirán ateos que estudian teologia?¿Contadores desordenados? ¿Filósofos superficiales? ¿Historiadores con mala memoria? ¿Músicos sin oído? ¿Choferes disléxicos? ¿Salvavidas con pavor al mar?. Al pensar en los prerequisitos que se nos intenta imponer para escoger nuestro camino en la vida, me atropella y me reconforta el “Canto a mí mismo” de Walt Whitman:

“Se borran el pasado y el presente, pues ya los he colmado y vaciado,
Ahora me dispongo a cumplir mi papel en el futuro.
Tú, que me escuchas allá arriba: ¿Qué tienes que decirme?
Mírame de frente mientras siento el olor de la tarde,
(Háblame con franqueza, no te oyen y sólo estaré contigo unos momentos.)
¿Que yo me contradigo?
Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?
(Yo soy inmenso, contengo multitudes.)”

jueves, agosto 31, 2006

La Nostalgia es un Animal Silvestre

La nostalgia es un animal silvestre que hiberna en nuestro subconsciente y ataca sin avisar, mientras se camufla en la oscuridad de la soledad. Es punzante, se alimenta de recuerdos; cuando se encuentra fuera de su hábitat. Se hincha, le salen plumas dolorosas mientras desenreda sus recuerdos; sus cosquillas sangran y se cuagulan al instante.

Es un omnívoro que esquiva ser atrapado, no se deja domar por mucho tiempo, ya que aparece repentinamente al estar lejos de algo que se anhela y que normalmente lo detectamos a través de sabores, aromas y melodías. Es la felicidad fugaz de encontrar lo que ya se daba por olvidado.

Pertenezco a la cofradía de los nostálgicos, ese clan de lobos esteparios que en Barranquilla empiezan a aparecer en los meses terminados en “bre” y que se multiplican como verdolaga a la llegada de las primeras brisas decembrinas. Eso sí, no estoy seguro si estoy a favor o en contra de las excentricidades que puede acarrear ese animal. Es que cuando aparece en forma de un rosario de butifarras en un vuelo intercontinental, es ya un extremo. Esa choricera de bolitas de carne amasadas con amor por una Diosa de Soledad, me acompañó por 5 horas en un viaje aéreo hace algunos días. Al comienzo, me abrió el apetito su fragancia, y sentí un poco de envidia de mi vecina, pero al no ver bollo de yuca, todo se desmoronó _es todo, o nada_. A propósito, yo también he sido culpable de encaletar en mi equipaje bollos de yuca, suero y hasta sopas de guandul congeladas, para ser degustados al final de un viaje en compañía de amigos que viven en el exilio, enfermos de añoranza.

Es que la nostalgia no es nostalgia si no se comparte, si no se padece con otros. He jugado largas tandas de dominó con amigos expatriados, sin poder meter mis pies en la arenilla de la playa. He tenido el consuelo de sacudir los pies en una alfombra tupida, mientras escucho salsa vieja arropado de pies a cabeza con suéteres de todos los colores y grosores. He entonado, y hasta bailado el garabato o una cumbia en pleno invierno -y por invierno no me refiero a la llovedera, sino al frío inclemente-. En el altiplano he visto cómo coterráneos desfogan esa nostalgia. Se apoderan de todos los estereotipos que nos rodean, y los exageran a la quinta potencia para lucirlos como pavos reales. Se habla más alto de lo que usualmente se acostumbra, se le echan más vainas a los compatriotas del interior, de lo que normalmente acostumbramos. El Junior de Barranquilla se convierte en el Real Madrid, y un plato de arroz de liza amerita un precio más alto. No sé si sea la falta de oxígeno, o la lejanía del mar... pero los nostálgicos del terruño nos convertimos de un momento a otro en actores. Actores de una de esas telebobelas hechas por cachacos para cachacos, donde siempre sale un remedo del estereotipo costeño, con el cual ninguno nos identificamos. Nostalgia es no parecerse a ese man.

Las excentricidades de la nostalgia se camuflan usualmente en la comida, los olores y la música. Recibir a un compatriota en Oslo con una botella de Aguila helada al ritmo de Estercita Forero, hará maravillas. Comerse una arepa de huevo en una calle de Queens y bajarla con un masato, inmediatamente cambia nuestra percepción del lugar. Y por lugar, me refiero más al interno que al externo; al que nadie ve. No es tanto el sitio, sino la sensación del mismo, tal como lo experimenté cuando recientemente estuve en mi tierra natal por unos días y me sacudí de esa nostalgia acumulada con una bandeja de huevas de pescado, una zambullida en ese mar sucio pero sabroso y cuando pensé que ya me había curado, me percaté que me iba a ir sin echar mi habladita de paja sentado en un bordillo. De repente, esa habladita se había vuelto imperiosa, añadiendo algo más a la curiosa e impredecible lista de cosas que hacemos para apaciguar el animal silvestre que inconscientemente desatamos para que deambule libre en noches de luna chiquita, chiquitín-chiquitica... como es la luna barranquillera.

domingo, agosto 20, 2006

La Insoportable levedad del ser pintor

El pintor es un masoquista que se para todos los días al frente de un espejo opaco esperando ver si aparece su reflejo en un momento de lucidez. Es masoquista, ya que sufre buscando su imagen esquiva entre los pliegues de la pulida y lisa superficie. En esas se puede quedar toda la vida, empuñando su pincel, buscando como un Rodrigo de Triana el esquivo momento mágico.

Para colmo de males, la parte que nubla más la profesión de pintor no es eso, sino todo lo que ocurre casi siempre al terminar de pintar. Algunas preguntas frecuentes creo que le añaden unas gotas de limón a esa profesión. Voy a tomar la vocería del combo de manera arbitraria y hablaré de esas preguntas o comentarios insolentes e inocentes que nos tiran de vez en cuando, los cuales a veces los respondemos con una sonrisa, pero en el fondo podemos sentir la tembladera, el hervor de la sangre calentándose y el esfuerzo para aplacar nuestra transmutación en el Hombre Increíble. Ahí van siete de los comentarios más pringamoceros que le toca soportar a los pintores y algunas sugerencias que me permito hacerle a nuestros admiradores, críticos o eventuales contertulios:

1. Por favor, absténganse de decir: “Hay que comprarle el cuadro ahora ya que en unos años será famoso e inalcanzable”. Muchas veces los que dicen eso, no compran nada... creen que por hacer esos comentarios se nos va a rebosar el ego. Crear esa expectativa no tiene un valor marginal. Nos dicen la misma vaina una y otra vez _yo creo que la he oído cientos de veces en varios idiomas- y en esas nos hacemos viejos y quien quita que más pobres. Yo tengo una lista de los que me han hecho el mismo comentario, y por ahí deambulan sin bajarse del bus. Entonces, quién los entiende.

2. Por favor tampoco repitan la historia trillada de que “hay que matar al artista o esperar que muera para que el cuadro valga algo”. No es necesario enfatizar que la obra va a valer más cuando estemos muertos. No importa. Para comenzar, ya es importante y valiosa, porque es un objeto que nos sobrepasará en el tiempo. Tampoco es chistoso. Uno sólo se ríe para seguirles la corriente y rezar para que alguien que posea un cuadro de uno no se le dé por darnos un trancazo fatal para valorizarlo.

3. Les ruego abstenerse de saludarnos efusivamente, diciendo: “¡Ahí va el próximo Picasso!”; “¡Qué dice el próximo Botero!”. La verdad, es un honor que a uno lo confundan con Picasso, Botero, y lo pongan en esa categoría. Muchas veces dicen Picasso y Botero, porque no conocen a otro pintor. Y casi siempre conocen aquel que está haciendo billete duro; nunca mencionan artistas pobres pero buenos. No he oído a alguien decir: “¡Ahí viene el próximo Figurita!”. Personificarnos con uno de esos pintores exitosos, parece ser lo mejor que nos pueden decir; pero la verdad, es que no es así. Esos profetas tampoco compran.

4. Y qué tal la preguntadera acerca de la “inspirada”. ¿Cuéntame cómo te inspiras para pintar esas locuras? Acá me puedo emproblemar con la gente del gremio, pero voy a meter la pata hasta el cuello. Cada vez que me dicen eso, nos convierten en seres mágicos e interesantes y hasta locos. Se asume que el artista se inspira y pinta. El resto del tiempo está rascándose la barriga, tomando frías en la esquina, durmiendo, etc. La verdad, es que la inspirada viene a punta de trabajo. Me atrevo a decir que uno siempre está trabajando (pero no como Uribe). Se trabaja despierto, se trabaja soñando, se trabaja pasándola en un Carnaval, se trabaja en el estudio pintando y se trabaja en el simple “estar”. Muchas veces más que un banquero de Wall Street: La única diferencia es que a nosotros sí nos gusta lo que hacemos y que no perjudicamos a nadie con nuestras acciones.

5. “Oye, pero fírmame el cuadro”. “Que la firma se vea porque si no, no vale nada”. Esa parte sí me parte el corazón. La gente al fin hace el esfuerzo de comprar una obra, y espera que se la dañen con una firma bien grande. Muchas veces los cuadros están firmados por detrás, pero parece no ser suficiente... en todo caso, la firma grande al frente está de más. ¡Eso ya es farándula! Se le tiene una confianza extrema a la firma, más que al mamarracho pintado. Las firmas sólo valen en los cheques, siempre y cuando no sean chimbos.

6. “¿Será que puedes ir a mi casa, para que veas el color de las paredes, los muebles, la alfombra, y puedas hacer un cuadro para la pared del comedor?” No somos decoradores. Repito, no somos decoradores. Hacer un cuadro para que pegue con la alfombra es hacer una propuesta indecente. Es casi prostitución. Para nosotros es muy fácil caer en la tentación, ya que el flujo de caja aveces no es constante. Pero deja mucho que desear exigir que el cuadro pegue con algo que no tiene por qué cazar.

7. “Échame la historia del cuadro, maestro”. Uno como artista, habla mucha paja, y más cuando lo tildan de maestro. Eso es darnos cuerda a soltar la lengua y la imaginación e inventarnos un paquito. Maliciosamente he echado varias historietas verdaderas y contradictorias del mismo cuadro y me las invento en el acto. Puedo asegurar que todas son verdad y todas son mentira al mismo tiempo. Los cuadros tienen vida, y muchos creen que es la vida impuesta por el creador y no confían en la vida que pueda tener el cuadro por sí solo, o más aún, en cada cual. Me he visto diciendo carretas, como las que me echaba mi mamá para hacerme dormir, con la única diferencia que al hacerlo frente a un cuadro los oyentes no se duermen, sino que comienza a fantasear más y más. Es un círculo vicioso, parece un circo y uno está en medio de todo echando el cuento.

Soy consciente que casi siempre esos comentarios se hacen con los mejores propósitos. Pero atrocidades se han forjado a punta de buenas intenciones. Para cualquier pintor, el que alguien valore, le saque placer, que vibre con lo que uno hace, es meritorio. Sentirse y que se sientan identificados con la obra es importante y es algo que nos llena de recocijo, siempre y cuando al final no nos agüen la pajarilla haciéndonos las preguntas o propuestas descritas

jueves, agosto 17, 2006

Los Ascensores

No hay nada más aburridor que oír las conversaciones insulsas en los ascensores. Cada vez me doy cuenta de la cantidad de boberías que estamos obligados a escuchar por el hecho de tener que utilizarlos. No tanto son las sandeces que muchas veces tenemos que oír, sino las que también salen sin querer de nuestras bocas. Es como si no soportáramos el silencio y quisiéramos asustarlo con lo primero que se nos cruza por la mente.

Como decía, de los sitios en donde he oído las conversaciones más aburridas y forzadas, son los ascensores los que se ganan de lejos el primer puesto. No incluyo por estar fuera de concurso, las que se realizan en las colas matutinas para reclamar la cédula en la Registraduría, o las que se tienen en las filas para que lo atiendan en el ISS, porque allá la mentadera de madre no permite apreciar conversación alguna.

Esa cajita que sube y baja, que tiene botoncitos, que puede ser privada y pública al mismo tiempo, es la que hospeda el mayor número de comentarios y conversaciones insulsas. Una jaula que puede ser placentera cuando estamos solos, y muy extraña cuando la compartimos con otros. Yo lo veo exclusivamente como un medio de transporte y mi actitud cambia de manera radical dentro de esos espacios.

Procuro no musitar palabra alguna en ascensores. Me da jartera. Si estoy sosteniendo una conversación antes de montarme en uno de esos aparatos, tengo la delicadeza de detenerla y no importunar a nadie con mis disquisiciones. Hay veces, cuando el compañero con quien he estado charlando antes de abordar el ascensor no sigue mi ejemplo, me toca apaciguarlo y enfriar la parlada con monosílabos al entrar al recinto. Aún no he podido aprender cómo actuar cuando a la fuerza he comenzado una conversación pero he llegado a mi destino. Seguir hablando para aparentar ser cordial e interesado, mientras intento escapar lo más pronto posible. Odio montarme en ascensores con gente conversando amenamente, con su regulador de volumen dañado y riéndose. En esos casos de emergencia me invento un olvido forzado y espero para embarcarme en la próxima parada. La única vez que hablo en ascensores es cuando voy solo. Qué delicia. Puedo decir lo que sea, practicar mis pensamientos en voz alta sin que nadie me escuche y aprovecho para mirar desde distintos ángulos mi figura reflejada en sus múltiples espejos. Entre otras cosas, no entiendo por qué los hay hasta en el techo.

Por otro lado, es placentero mirar en silencio el piso mientras viajo en ellos, ver las lucesitas saltar de botón a botón con el premio final del timbrecito al llegar al piso destinado. Hay veces que me quedo mirando la cabellera de la persona al frente mío y sus zapatos brillantes, los relucientes maletines de ejecutivo de los mensajeros con sus portes de prócer y trato de adivinar el contenido de los portacomidas y cajitas que displicentemente cargan los encargados de distribuir domicilios, pero ante todo, evito la confrontación y la cursilería dentro de esos espacios; quizás por la simple razón que uno no se puede escapar, no hay donde esconderse. Es una jaula sin escapatoria.

El tema de conversación más frecuente dentro de los ascensores es sobre el clima, tópico en el que abundan los Max Henriquez. Confío en que algún científico encuentre el genoma que contiene ese impulso de hablar acerca del clima cuando no hay nada más que decir, o algún sociólogo o sicólogo que halle la explicación a ese impulso atávico de nuestro género. El clima es el más popular y aburridor de los temas para romper el hielo en el ascensor: “Qué calor está haciendo”, “Parece que va a llover”, “No sé cuando va a parar el invierno”. A nadie le importa de verdad y soy radical en mi posición de abstenerme de participar en ese “original” tópico de conversación.

En mi actitud y comportamiento de silencioso usuario de ascensores no estoy solo. A Einstein se le prendió el bombillo para desarrollar su Teoría General de la Relatividad, al darse cuenta que dentro de un ascensor oscuro y silencioso moviéndose a velocidad constante, el pasajero no puede saber ni percibir si está ascendiendo o descendiendo. Quizás en el silencio este la solución…


Zaloart@yahoo.com

martes, agosto 01, 2006

Baila Cachaco!

¡Baila cachaco!, ¡Parece cachaco!, ¡Baila!, ¡Muévete! Esas eran las flores que me llovían mientras desfilaba por la Vía 40 durante la pasada Batalla de Flores a la que asistía después de diez años de ausencia, durante los cuales de vaina participé en los remedos del Carnaval que nos inventábamos barranquilleros nostálgicos, ya sea en la Atenas Suramericana o en algún bailadero latino del Bronx.
Yo iba desfilando y alzando el codo constantemente, y no como parte de una comparsa o al ritmo de la tambora, sino por efecto de varios fondos blancos de ron blanco. Desfilaba sabroso, planeando por la calle a distintos compases, buscando esa brisita que aplacara un poco el efecto del sol de la una de la tarde rechinando en el pavimento, mamándole gallo a la gente, y sacando fuerzas para terminar la odisea. En fin, intermitentemente, cuando estaba empinando el codo, y cogiendo un segundo aire para aguantar el kilometraje de ron, danza, color y calor, de pretil a pretil me llovían los insultos de ¡baila cachaco, muévete!, y como perrito regañado me fajaba de nuevo y buscando la conmiseración de mis implacables jueces, gritaba ¡guepajé!, ¡guepajé!
Apenas escuchaba un “¡baila cachaco!” era como si me hubieran puesto ají no sé dónde. El guardado y bien enseñado pique generacional contra la gente del interior empezaba a salir por todas las gargantas de los asistentes a los palcos (los de 5 barras eran los peores), ocasionando en mí un corto circuito bailable, el cual duraba cada vez menos tiempo. Se podía considerar casi un comentario busca-pelea... el cual al sólo sugerir la idea de no haber nacido en el Caribe era la gasolina necesaria que necesitaba para delirar con mi “swing” en la Vía 40. La gente en coro lo gritaba, sonriendo, ya que ellos también sabían el dolor que puede infringir su mofa y más a un barranquillero en medio de un desfile de Carnaval.
A pesar que aún en julio estoy todavía lamiéndome las heridas a mi ego caribe por la experiencia carnavalera pasada, no voy a echarle vainas a mis coterráneos por confundirme con un cachaco, ni voy a juzgar si éstos bailan bien o mal... si pueden mover los hombros o no... si la mayoría de ellos no conoce el mar, y si es cierto aquel mito de zapatos y jabón para ir a la playa. Reflexiono acerca de esto a 2.600 metros más cerca de las estrellas y más lejos del mar, chapaleando constantemente para no ahogarme, no por el exceso de agua, sino por la falta de oxígeno.
Con el perdón de mis amigos y amigas del altiplano, decir que alguien baila como cachaco, es decirle de forma bonita: “por favor retírese de la pista de baile y tome clases de swing”. Por otro lado, decir que uno es costeño, automáticamente lo mete a uno en la lista de los mejores danzarines del planeta o que baila arrebatao. Total, creo que deben existir algunos cachacos que sepan mover el esqueleto, así como costeños que sean unos catres al moverse... Pero la cosa no se detiene en esos prototipos regionales, sino en la obsesión por bailar y ver bailar.
Previendo esto, en la educación casera costeña, aparte de aprender a cepillarse los dientes, saber cuando masticar y hablar en la mesa, saludar cuando hay visitas, es indispensable intensificar las clases de baile con la mamá, cuando como en mi caso no se tiene hermanas. Aún recuerdo el ver a mis hermanos soportar una hora de baile con mi mamá antes de una fiesta. Yo también pasé por las mismas y me burlaba también diciéndoles que bailaban como cachaquitos, pecado que pagué con creces en el Carnaval pasado.
Escribo esto, tarareando la canción de Joe Arroyo ‘Barranquillero que baila arrebatao’, y la tarareo por su moraleja. El barranquillero siempre está mamando gallo, irrespetando con gracia el establecimiento. Hace comentarios picarescos y se queda mirando con una sonrisa socarrona esperando la reacción del otro. Es suspicaz en su sarcasmo y creo entender por qué el barranquillero baila arrebatao: Para que no exista duda de su origen y que por ningún lado se le salga el cachaco, y para impedir a toda costa que en el Carnaval, su fiesta cumbre, lo levanten a gritos de ¡Baila cachaco!, ¡Parece cachaco!, ¡Muévete cachaco!

Zaloart@yahoo.com

El Miedo y las Superficies

Hace unas semanas se me ocurrió la no muy original e inocente idea de escribir sobre mis experiencias cuando asisto a misa. Ante todo, quiero pedir disculpas si mi confesión causó molestias o irrespeté las creencias de algunas personas. Nunca fue esa mi intención.
A causa de ese escrito en donde describía mi frustración por no poder participar de igual manera que otros afortunados feligreses del Santo Sacrificio, recibí un aguacero de reclamos de todos los colores y sabores. Después de esa experiencia ahora me da miedo aburrirme en misa y he prometido nunca más volver a ventilar mis traumas religiosos de fe por escrito. Me concentraré en temas menos espinosos, ya que no soy teólogo, filósofo, ni intelectual declarado, sólo intenté describir e interpretar situaciones por las que creo, más de uno pasamos.
Varias cosas me gustaría aclarar acerca de mis traumas con la Misa y la Religión. Fui bautizado y creo que lloré cuando me echaron el chorrito de agua fría. Hice la primera comunión y fue la primera y única vez que pude ponerme un vestido entero blanco con zapatos de charol blanco. Al hacer la confirmación, creo que el desencanto con los rituales de la iglesia se agudizaron. Los domingos cuando no me escondía en el closet para no asistir a misa, me iba temprano al partido del Junior, esa era mi salvación. A pesar de todas estas estrategias para esquivar la Eucaristía, guardo en mi billetera una estampa de la Virgen de la Candelaria (obsequio de mi abuela materna) y cada vez que viajo no puedo hacerlo sin que mi abuela paterna me persigne con agua bendita. Al estar en un avión, me persigno y rezo para que no pase nada malo, lo cual me ha dado excelentes resultados, y de vez en cuando, me sorprendo yo mismo al encontrarme terminando mis conversaciones con un “...si Dios quiere”, “Gracias a Dios”, etc... Acepto entonces, que soy uno de esos cristianos con problemas de ignorancia y analfabetismo litúrgico, que desafortunadamente, al igual que otros, se aburre en las misas y por más que he tratado no he podido cogerle el gusto de participar activa y conscientemente en ellas, al igual que otros.
Y me aburro, entre otras cosas, ya que no puedo relacionar esa media hora de misa con las actitudes que observo en feligreses después y antes de la misma. Muchas veces veo gente mentando madre en el parqueadero después de haber comulgado. Con frecuencia me veo peleando contra “malos pensamientos” inspirados en los escotes y minifaldas en la pasarela que se convierte esta ida a misa. Soy culpable entonces, de sólo ver las cosas que ocurren en la superficie de tan importante sacramento, y quizás esto proviene de mi obsesión por la pintura y por las superficies en general.
Enfatizo esto, ya que las superficies, su oleaje cromático, sus quebrantos topográficos, sus ritmos sensuales, son los que cautivan mi atención. Estos mismos quebrantos en la superficie de la vida que vivo es lo que ha formado mi quizás miope punto de vista al referirme a las misas, y quien quita que para todas las cosas en general...
Escribo esto para todos los numerosos robots que como yo, repiten, se sientan, se ponen de pie y no alcanzan ni a ver ni a percatarse de toda la dimensión de este ritual. Algunos de estos robots, mandaron cartas de solidaridad, mientras otros deseaban que me quemaran en la hoguera y solicitaban mi excomunión. Me mandaban a castigar en nombre de Dios por haber ventilado mis pensamientos en público, mientras otros lanzaban improperios personales infundados, porque consideran, como algunos fanáticos de la edad media, que el humor y la religión son incompatibles.
Guardadas las proporciones, me sentí como un Salman Rushdie o un caricaturista danés ante los ataques de los fundamentalistas islámicos.
Siguiendo la recomendación de uno de mis lectores de leer la Biblia me alegra saber que “Dichosos los que no han visto y han creído”. ¡Dichosos definitivamente!

sábado, mayo 13, 2006

Las Misas son Aburridas

Lo voy a decir…ya no aguanto mas.. lo que me dispongo a escribir creo que no le va a gustar a mi mama, ni a mis abuelas; ni a mucha gente. Tratare de ser lo mas honesto posible; no contradecir a nadie, ni hablar del codigo de Da Vinci y el presunto rol de Maria Magdalena. No. Voy a escribir acerca de todas las cosas que pasan por mi cabeza al asistir a misa. Escribo estas lineas, teniendo la imagen del Papa Razinger (no puedo evitar verle la cara y que me de miedo) lavandole los pies a doce personas- como acto de humildad- con una jarra enchapada en oro. Ir a misa, para mi es un gusto adquirido que nunca adquiri. Las aceitunas –otro gusto adquirido- las he aprendido a soportar, pero el asistir a Misa siempre ha sido una tortura; una tortura en el buen sentido de la palabra.

En Misa me pongo divagar y a formular toda clase de preguntas. Por ejemplo, calculo el valor del diezmo per capita, y lo multiplico mentalmente por el numero de personas en cada banca, despues por el numero de bancas en la iglesia, y hago un estimativo de cuantas misas a la semana, mes, etc para cuantificar cuanto ingresa por mes. Como se contabiliza de forma practica esto? Que salario se pone cada padre? Que tipo de vino toman? De los caros o de cajita? Quien les ensena a cantar? Cuando no encuentro respuestas…me pongo a contar el numero de personas desnudas en las imagenes, y vitrales de la iglesia y las caras de angustia de estas…

Hoy fui a misa. Creo que desde mi Confirmacion no santificaba esta fiesta. Y enfatizo la palabra fiesta, ya que para mi es de las fiestas mas aburridas a las que asisto. Para mi, la misa siempre ha estado relacionada con abuelitas y vestidos estampados y calurosos Primero que todo, no he aprendido cuando pararme, sentarme, arrrodillarme, por esta razon opto por sentarme en las ultimas bancas, para no desentonar en el tira y afloje que hay. Procuro sentarme cerca del pasillo central, para asi estar atento a la parte mas chevere de la misa: verle las caras a las personas que comulgan en su trayecto a sentarse…Me concentro en ver como abren la boca, y con ansiedad se tragan la hostia y me pregunto que pecados se desvanecen con sus poderes efervescentes mientras desfilan con miradas misticas propias de un cuadro del Greco..

Aparte de verle las caras a quienes comulgan, dar la paz me parece el climax de la misa y es lo que mas se asemeja a una fiesta. Uno saluda a personas que no conoce y les desea la Paz… esa parte me gusta, ya que exige estar activo y social. El momento cuando pasan a recoger el diezmo tambien es uno de mi favorito. Trato de percatarme con cuanto “contribuyen” mis vecinos, e intento disimular mi escasa contribucion. Al momento de dar mi granito de arena, se me viene a la cabeza en cuanto se subastaria la jarra de oro del Papa para ahorrarnos esto… Por otro lado la parte que menos me gusta es cuando uno tiene que decir: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…(ni idea de que soy culpable?) seguido a no saberse las canciones que se cantan…la mayoria de las veces corrijo eso tarareando, y tratando de descubrir otros que tararean.

Desafortunadamente, nunca le pongo atencion a lo que leen en la Biblia, ni sus interpretaciones.. Me distraigo con facilidad con tantas figuras desnudas, malheridas, querubines voladores, mantos barrocos, caras de sufrimiento en las pinturasy vitrales del templo. Cuando por fin me propongo a poner atencion, las palabras del sacerdote (muchas veces reganos) se me disipan con el calor, con la gente pidiendo dinero a la salida de misa. Tengo que decir que muchas veces son explicaciones aburridas, didacticas, predecibles y prosopopeyicas y no se como pueden afectar mi vida de manera practica. Es dificil corregir la vida de uno escuchando el ejemplo del otro. Considero que para aprender hay que caer, por eso no me llegan las explicaciones. En estos casos, sin querer queriendo, me pongo a contar las “s” o las “p” en cada una de las palabras que pronuncia el sacerdote, hasta invertarme mi propio ritmito.

Revelar lo que me pasa al asistir a Misa me ha costado trabajo.. Reconozco que no soy el mas creyente, pero intento siempre vivir mi vida tratando de ser mejor persona cada dia. Las misas son aburridas, no hay nada que hacer al respecto; pero sigo asistiendo a misa como penitencia por haberme aburrido en ellas, sirviendome de consuelo que por mi edad no me toco la epoca en que se celebraban en Latin. Que salvada!!!

martes, enero 31, 2006

El Silencio de los Culpables

Hace unos anos fui a una charla de la artista Britanica Sue Coe en el Museo de Bellas Artes de Boston. La artista acostumbra a infiltrarse incognito en mataderos de pollos, vacas, terneros etc y realiza dibujos del espectaculo grotesco del negocio de la carne. Los dibujos estan llenos de vacas desangrandose y de pollos con patas atrofiadas por las jaulas donde viven toda su vida. Digamos que no son el tipo de dibujos para colgar en la sala o en el comedor, pero a punta de ellos sostine fundaciones que promueven los derechos de animales y el vegetarianismo. Cuento esto, ya que en una de sus charlas enfatizaria en la educacion de los ninos la bondad hacia los insectos. en la educacion de los ninos Al escuchar esto, mire a mi alrededor a ver si alguien me miraba, sude, y trague saliva.

Yo fui uno de esos que tenia el hobby de achicharrar hormigas con lupa. Posiblemente exista un afiche de “Se Busca” en algun tunel subterraneo de alguna colonia de hormigas rojas o negras. Quizas una Dinastia de hormigas tenga el mandato de encontrarme y hacerme un dano. A Dios Gracias, nunca me tope con las hormigas culonas ya que no estaria vivo para escribir estas palabras. Yo creo que pude encarnar lo que hace “El Nino” o “ la Nina” o un “Tsunami” con las colonias de hormigas… Las inunde con gaseosas, pisotie sus estructuras sin misedicordia, y hasta creo que hubo un incidente con matasuegra el cual por pudor y remordimiento no lo comparto.

En fin, fui un asesino de insectos. El poder que Dios me otorgo lo abuse a costa de ellos. Lo peor es que no solo fue con hormigas, sino con abejas, avispas, grillos y moscas. Sin piedad miraba como las abejas y avispas se ahogaban en envases de gaseosa. Afinaba mi motricidad fina atrapando grillos y paco-pacos en recreo. A las moscas , mosquitos le desprendia las alas y veia como convulsionaban sin cesar hasta quedar inertes. Recuerdo que mi papa ofrecia plata por matar moscas y mosquitos en la casa… Al final de la tarde, mostraba los cadaveres de moscas y cobraba mi dinero por el servicio de “limpieza”.

Hoy en dia agradezco que el nino Dios no me puso nunca una cauchera o una escopeta de copitos en Navidad. Gracias Nino Dios! Hubiese tenido un numero extenso de fantasmas de palomas, lobitos y tierrelitas dandome picotazos todavia. Reconozco mi culpa, pero se que no estoy solo en esto. Yo solo me especializaba en cosas vivientes,que tenian cadaveres pequenos los cuales se podian cubrir con un punadito de tierra.

Supere mi etapa de depredador hace tiempo. Soy ahora de los que abro ventanas para que las moscas salgan a vivir. A las cucarachas, las agarro por las antenitas y las mando al exilio en vez de meterle un chancletazo (como antes). Dejo que las mariposas se posen sobre mi sin intentar pegarle las alas y cuando al caminar, me topo con una colonia de hormigas no tse me despierta ese instinto animal de pisotear….ahora lo que hago es esquivar…

Eso si, tengo que reconocer el estado de catarsis, plenitud, paz que tengo al sacarle las garrapatas a mis perros. No contento con brindarles una muerte al parecer benigna ahogandolas en el inodoro, me enpecino en explotarlas como uvitas pasas en una servilleta con la una. Soy verdaderamente feliz haciendo esto. Pasa algo raro conmigo?

Las palabras de Sue Coe han resonado ultimamente, ya que he tenido una racha sorprendente de matar mosquitos “premiados”. Por “premiados” me refiero a que tienen la barriguita llena, yo creo que hasta con el ombligo salidito de pura sangre. Llevo en mi cuenta personal aproximadamente unas 20 muertes sucias seguidas en el ultimo mes. Las paredes son cuadros expresionistas; Sin arrugar la cara, y con la baba saliendo de mi boca los cazo; pero al encontrar que vienen “premiados” la decepcion, asco y rabia se apoderan de mi. A pesar de ser insectos con cuerpos chiquitos, la carga emocional de salir sucio de sangre me afecta. La sangre llama dicen por ahi, pero quien me llama? Salgo literalmente salpicado y no es si es lo que merezco como castigo por una ninez clandestina como depredador de insectos.

Contemplo mi pared llena de muertes chiquitas, y pienso en Sue Coe, en mi ninez y en Colombia. Pienso en la importancia de ser bondadoso con todo lo que se mueva; tenga sangre o no. Pienso si una amistard, o “tregua” con el Reino de los Insectos tenga un impacto real en la manera como nos comportamos en este mundo.

zaloart@yahoo.com

En Nombre de los Nombres

Yo creo que en estos tiempos son contadas las cosas a las que hay que señalar con el dedo para poder identificarlas. Hoy en día todo o casi todo tiene nombre. García Márquez tenía razón en la prehistoria de Macondo... ahora creo que hay que volver apuntar con el dedo las cosas para no gastarles el nombre, ya que de tanto pronunciarlo, tiende a perder su sentido. No me voy a volver filósofo ahora, pero el nombre propio es algo complicado ya que es simultáneamente público y privado, y las dos instancias existen al tiempo. Reconozco que escuchar el nombre propio en ciertos contextos, puede ser el sonido más hermoso del mundo...”El Premio Nobel se lo gana...”, “El mejor amante que tuve fue...”, “El empleado del mes es...” A sabiendas de esto, hay veces en que el resultado es completamente opuesto.
Alguna vez por una sobreventa de tiquetes en un vuelo, tan de moda en estos días, me tocó volar en primera clase, en calidad de ‘ascendido’, palabra sublimada en el vocabulario utilizado por las aerolíneas. Las veces que viajo voy mentalizado a hablar lo menos posible, ya que fraternizar en vuelos produce tortícolis, eso sin mencionar jartera. Pues sí, uno va haciendo la fila para ingresar al avión, en el éxtasis cómodo del anonimato y al presentar el tiquete a la azafata...ésta lo mira, percibe que es primera clase y dice: “Bienvenido Sr. Fuenmayor”. Mi primera reacción fue sonreír mientras flotaba hacia el trono asignado. Me sentía realmente ‘de primera clase’, importante, bienvenido, diferenciado de la chusma a la que antes pertenecía...
El encanto sólo me duró pocos segundos.
No había terminado de abrocharme el cinturón de seguridad, cuando me percaté que una desconocida me daba la bienvenida... Una mujer que no me toparé en un futuro cercano, una mujer que me brindará gaseosa sin hielo, y la misma que me mirará con desprecio al aplaudir al aterrizar el avión, ¡se ha memorizado mi nombre! No se porqué, pero me sentí en cierta manera usado. Me molestó sobremanera que el motor para memorizar mi nombre haya sido el de tener un tiquete más caro en mis manos.
He visto esa modita en varios establecimientos. A algún genio de hotelería se le ocurrió que había que memorizarse los nombres de los huéspedes y clientes para que estos se sintieran en confianza. ¡Exabrupto! No sé por qué pero creo que el nombre es algo privado y que sale a relucir después de una negociación mutua. Me parece engañoso forzar una confianza a costa de aprenderse los nombres de manera mecánica por el hecho de pagar un dinero ya sea para una habitación, vuelo o lo que sea.
Poco a poco he visto que el abuso del nombre se ha infiltrado en lugares donde se venden y compran cosas de uso diario. Veo nombres bordados en chaquetas, o botoncitos brillantes para identificar a los dependientes y hasta en gorras. Al pagar la cuenta, se percata que la persona se llama ‘Jonathan’, y para qué negarlo, dan ganas de llamarlo ‘Jonathan’, para supuestamente entrar en confianza y hacer la transacción comercial menos dolorosa y más humana. ¡No se dejen engañar, es una trampa! No tengo nada en contra de Jonathan; posiblemente seamos hinchas del mismo equipo y compartamos el gusto de las lentejas, pero hasta ahí.
No quiero pecar de misántropo... pero en verdad, el nombre es la puerta para conocer personas nuevas y considero que no se debe abusar de él. Hasta hemos recurrido a la religión para celebrar nuestro nombre... En ese calor pegajoso nos ponen un trajecito de viejito, y con un chorrito de agua fría en la cabeza nos bautizan; desde ese momento en adelante ya no hay que apuntarnos con el dedo, toca referirse a nosotros con nombre propio.
Por otro lado, el nombre, o conocer el nombre del otro, es un premio si se puede decir, a la dedicación de querer socializar Por ejemplo, me da vergüenza no acordarme del nombre de personas con quien fraternizo. Da vergüenza saludar, despedirse de alguien sin acordarse de su nombre. Por fortuna alguien se inventó ‘hey’, ‘cuadro’, ‘pana’, ‘primo’, ‘calidad’, ‘parce’, ‘llavería’, ‘viejo man’, ‘socio’, ‘Juancho’, etc., para sustituir esos momentos de amnesia inoportuna. Nos acordamos de los nombres de cosas importantes; al resto de minucias ni le ponemos atención. Por otro lado, qué alegría cuando alguien a quien conocemos nos llama por nuestro nombre... pero al contrario, qué decepción cuando fraternizamos y alguien se nos refiere con otro nombre completamente distinto al nuestro. En algunas ocasiones sucede que nos llaman por el nombre de nuestro papá, abuelo, tío; como si fuéramos un clon de ellos en otra generación. Asimismo, con efusividad me saludan, me charlan, me invitan a almorzar a la casa, me cuentan chismes y se refieren a mí con un nombre completamente distinto. (Ojalá la persona que se refiere a mí como Miguel, y a quien conozco hace años, lea esto y haga la corrección). He concluido que no soy la única víctima de esta epidemia.
Con mi vocación innata de contribuir a resolver problemas de la sociedad de los que no se ocupa nadie, le recomiendo que cuando alguien se le dirija llamándolo con un nombre distinto al suyo, salúdelo, no con el nombre de su ocasional contertulio, sino con el que usted ha sido bautizado. Con toda seguridad él le dirá “yo no me llamo fulano de tal”, a lo que usted triunfalmente responderá: Yo sí. Y santo remedio.

viernes, diciembre 09, 2005

Saturno Se Mira

Me desconciertan aquellos restaurantes en donde se exhibe un ejemplar, o parte del mismo, de lo que uno tiene programado degustar. El otro día fui a un Rodizio, y la mesa que me asignaron quedó al frente de una cabeza despeinada de lo que creo era un Búfalo. Muy romantico el escenario…

La carne no estaba mal. La pedí término medio -casi cruda-, cuando iba por la mitad, perdí el apetito al sentir que el entrometido búfalo, buey, yak, chicharrón peludo, o lo que sea que estaba al frente mío, me picaba el ojo socarronamente. El animal me miraba con ojos de hielo y me sacaba la lengua, al parecer clamando piedad por estar comiéndome la parte ancha de su lomo. Por pudor, me detuve. Cambié de táctica y me enfoqué en mi ensalada. Pagué la cuenta y me fui a casa a hacer la digestión mientras miraba una cacería de hienas en el National Geographic channel y juré nunca más volver a ese restaurante, ya que no supe si era un lugar para comer, o uno de esos Museos viejos con animales estofados con icopor. Todavía no alcanzo a digerir las múltiples maneras como se maquillan a las víctimas de inocentes comensales, ni cómo estos inocentes embalsamados pueden estimular el apetito de los desprevenidos clientes.

Después del impase con la cabeza de Búfalo picarona, me he puesto a analizar los restaurantes que venden pollo, cerdo y pescados, a ver si han adoptado la técnica de mercadeo de estimular el apetito de su clientela mediante la exposición de sus víctimas. Gracias a Dios, no he visto pescuezos de gallina saliendo de retablos, ni mojarras saliendo de las paredes con sonrisas fingidas. Menos mal. Pero lo que sí he visto son imágenes de chonchitos alegres al lado de bombillos iluminando morcillas y chuletas de cerdo. He visto pollos apuestos con gafas oscuras montando motocicletas, anunciando servicios a domicilio de alitas de pollo. Hasta vi casos de canibalismo en donde un gallo con botas se come satisfecho un pedazo de pierna de su misma especie sin arrugar la cara! O más bien su pico. He visto un paraíso tupido de mojarras coquetonas, bagres alegres y sirenas sensuales en plena fiesta al lado de casetas que ofrecen pescado frito. Afortunadamente, las ostras, chipi-chipis y caracoles no tienen cara, para no aguantar la pena ajena del resto de animales.

Y esta táctica se ha extendido a todo. Sólo me puedo comer lo que me sonríe, lo que me muestra su cuerpo. El descaro llega a tal punto, que se le paga a alguien para que se disfrace de animal para así vender mas producto. Una especie de Judas engañando a los de su especie putativa.

Vale la pena aclarar que no soy vegetariano y que no perdono chicharrón o chuleta que me pongan al frente. Lo que no entiendo ni comparto es la cara de complacencia que le ponen en los menús y avisos de algunos restaurantes, a los animales que allí se consumen. Me da una pena extraña consumir estos alimentos al frente de esas imagines, ya que lo considero una falta de respeto, no sólo con las víctimas, sino con los comensales. Desearía que no se mezclen conceptos: Que la alegría del consumidor al chupar un hueso no se tergiverse con la imagen de un pollo contento; que los búfalos no asistan al acto macabro de ver devorar sus nietos, y que el Saturno de Goya mire por fin su reflejo.

martes, diciembre 06, 2005

La Suerte de los Mocos

La literatura ha sido una herramienta valiosa para explorar diversidad de temas. Proust se metió por el lado de la memoria, Hemingway, la virilidad, no sé en qué se metió Flaubert... en fin... Aparentemente todos los temas han sido tratados desde distintos ángulos. Me puse a divagar qué temas no se habían tocado, llegando en mi incompleta y superficial pesquisa, que casi siempre son aquellos engorrosos y desagradables, pero completamente naturales... Empecé a pensar en el pedo, pero ya Cortazar se metió por ahí y también el poeta Quevedo se me había adelantado... De repente, las ya casi olvidadas Musas del Parnaso, me enviaron un chorro de inspiración que puso sobre mi el esquivo tema de los mocos. Con esto en mente, me dispongo a escribir sobre ellos.

Me interesa saber cómo la gente maneja su cuota de mocos. Cada cual debe tener sus protocolos, modales y reglas, para manejar con dignidad estos regalos nasales. Cuál será la suerte de los mocos? Adónde irán a parar? Me interesa saberlo ya que nadie comenta al respecto. No he conocido un manual de urbanidad, donde se ofrezcan sugerencias de qué hacer con ellos... en fin empezaré por la etapa bucal, y en esta y en otras, estoy seguro más de uno se verá si no identificado, por lo menos reflejado.

Yo?

Me los como.

Cuando nadie me mira, con ligereza y dedos de Rey Vallenato me rebusco y en un dos por tres, me los meto a la boca. Guácatela!!! Y eso es cuando estoy en un ambiente público, donde hay que actuar como quien no quiere la cosa; hay veces en que me invento rasquiñas, canciones esporádicas con el sólo pretexto de poder meter el cucharón y encontrar la presa. Cuando estoy solo, ahí sí me paseo por los innumerables callejones una y otra vez y con una parsimonia de jirafa me los saboreo a escondidas. Es un talento que he afilado desde mi infancia, y aun considero que me falta mucho por aprender.

Y sé que no estoy solo en esto. El mismo cuerpo crea sus momentos donde detiene el tiempo, y la gente se vuelve como estúpida. Sonámbulos miran el televisor, la pantalla de cine, el cielo, el periódico, lo que sea... y entra el espacio muerto donde embobados, se les salen las babas y se sacan los mocos y automáticamente se los meten a la boca sin darse cuenta de nada. Solo con hipnosis podrán darse cuenta y encontrar la salvación.

Mientras que para unos los mocos son una experiencia culinaria, para otros es la oportunidad dorada de volver a la clase de manualidades. Motricidad fina y gruesa dependiendo del tamaño del bicho. Amasan esa bola con frenesí únicamente usando la yema de los dedos. Al comienzo una masa uniforme multicolor que con amor y dedicación se convierte en una bolita maciza color mugre. Y aquí viene la cuestión: qué se hace con la bolita de moco? He visto a unos que se la dan de exclusivos, y se desprenden de sus mocos como si fueran hijos bastardos. Ni los vuelven a mirar.

Otros extravagantes se los huelen, como si fuesen florecitas tibias sin gracia, que se marchitan con cada suspiro. A qué huelen los mocos? Me parece una paradoja, si están ubicados dentro de la nariz, no es más fácil olerlos allá adentro? Quizás sea una reacción química con los dedos el que suelta la magia. Otros perezosos, los dejan pegados como chicles en sitios inoportunos. Ni siquiera tienen la decencia de aplicarles una forma geométrica reconocible. No! Expresionistas abstractos que echan su brochazo explayado por aquellas superficies susceptibles al tacto. Otros, ni se mosquean por manipular manualmente a los condenados, utilizan sus narices como cañones y los expulsan como proyectiles a gran velocidad que más de una vez quedan ametrallados en espejos y paredes.

El tabú contra la sacada de mocos, creo que viene desde la infancia. Todos desde niños tuvimos la curiosidad, y posiblemente fue corregida como si fuese cuestión de ser derecho o zurdo. La diestra, la siniestra; la buena o mala educación. Qué diría Freud? Cada cual baila su cumbia a su ritmo; de la misma forma, cada cual maneja su cuota de mocos como le venga en gana. La verdad es que todos tenemos que hacer algo con ellos tarde o temprano. Y ojo, es posible que sepa cómo otros lidian con sus bichos, pero esté atento, que quizás otros sepan cómo usted lidia con los suyos. De esto nadie se escapa.

Guia para Colas

Las colas están apoderándose del país. Desde que tengo uso de razón he estado haciendo colas, así sea para recibir diplomas y hasta regaños. Creo que aprendí de mi papá la “cortesía” al momento de hacer colas. Alguna vez, muy niño, llegué tarde a una función de cine, y me encontré con una multitud en la entrada. Reconocimos unos amigos que estaban a punto de entrar; saludamos y sin pensarlo dos veces nos fuimos al final de esa hilera de personas. En vez de preguntar si nos podíamos colar (tendrá origen este verbo en el sustantivo cola?), con una dignidad rara, fuimos al final y esperamos. Un tanto desanimado por la espera, casi refunfuñando, escucho las palabras de mi papá diciendo que si alguien tiene la intención de colarse, tiene que pedirle a toda la gente que espera detrás de uno su autorización. En ese momento consideré poco práctica la cuestión, pero ahí estaba la táctica. Por eso he quedado con el trauma, pena ajena, yo que sé, de no saltarme turnos, ni ofrecer oportunidades para que otros se cuelen.

A raíz de tanto tiempo perdido haciendo colas he decidido escribir acerca de ellas. Me “pateo” al menos dos o tres colas diarias. Para casi todo se necesita hacer cola: para sacar la cédula, el pasaporte, las visas, el bendito RUT, pagar los recibos en el banco, ir al baño, viajar en avión, para entrar a la rumba, al estadio, al ascensor y hasta hacer cola para hacer otra cola imaginaria. No voy a decir que tengo la experiencia de aquellos que madrugan para hacer fila y después vender el puesto, ni tampoco uno de esos novatos que llegan tarde y pretenden sobornar y ver cómo se cuelan... , a mucho honor puedo decir que me he pateado mis filas a consciencia, y por eso me dispongo a crear una guía para intentar domarlas.

Que nadie me hable y nadie me mire en las filas. Detesto cuando uno está tranquilo, masticando pensamientos o calculando los turnos delante de uno y lo interrumpen con conversaciones insulsas. Usualmente no son conversaciones, sino comentarios a medio-masticar en contra del mismo sistema que propicia la fila. Son exabruptos reciclados y gastados que no contribuyen en hacer a una persona mejor; yo creo que presenciar un hipo me contribuiría más como persona… Existen los que preguntan si esta es la fila para tal cosa, o si acá se puede pagar la luz, etc… como si uno fuese un miembro de Servicio al Cliente de incógnito haciendo filas por placer!. Pregúntele a alguien mejor calificado.

Para que nadie le hable a uno, es mejor adoptar la clásica postura: brazos cruzados, mirada hacia el piso, cara de burrito amarrado, y llevar a la mano un libro de un tema oscuro a prueba de comentarios: “La Influencia del Rococo en la Arquitectura de San Pelayo”. Recomiendo no llevar ni periódicos (para que no lo pidan prestado) ni revistas de difusión masiva. En caso de ser víctima de comentarios, recomiendo tirársela de sordomudo y responder con gemidos, muecas y señas, y si esto no funciona, responder cantando las primeras estrofas del Himno Nacional a todo pulmón.

En este contexto, cuando uno finalmente corona, es un exabrupto pretender socializar con el cajero, o la persona que atiende. Este no es el momento para ser encantador, ni para preguntar por “perenceja” o “perencejo”, o echar piropos a ver si la atención mejora. Esa actitud se deja para después; se premia la sobriedad, la parquedad, y la eficacia. Si las “charladitas” entre participantes de fila y los que atienden la fila son insoportables, más aún es presenciar las tallas amenas y chistosas entre empleados que trabajan en el recinto donde uno hace la bendita cola. Un ambiente jovial alrededor de la cola promueve desilusion y rabia; en cambio un ambiente parco y serio genera una cola ansiosa y eficaz.

El escenario anterior es característico de las filas que se forman para sacar todos esos requisitos imaginarios e inventados como sisbenes, cédulas, pasaportes, visas, etc… todos esos papelitos que alguien se invento y que de la noche a la mañana adquirieron una importancia inesperada. Las colas en cajeros para sacar dinero es otro cuento. Es una falta de consideración aquellos que a sabiendas que hay una cola detrás de ellos, sacan su dinero y se quedan media hora inmóviles estudiando el extracto bancario al frente del cajero. Suman, restan, suman otra vez, rectifican a ver si ya le consignaron o no, suman de nuevo, calculan lo que les queda para el mes, suman una ultima vez, etc…y uno se los queda mirando, esperando que miren de vuelta para mentarles la madre con una dulce sonrisa. La dinámica correcta sería la de sacar dinero, esperar el recibo e inspeccionarlo a un lado; a un lado viejecita!!!…nunca al frente del cajero.

Prefiero mil veces las colas para ir al baño o para pedir comida. En este contexto no se escatiman esfuerzos y la eficacia prima. La gente entra, sale y al menos uno no es testigo de sumas y restas…eso es “da que te van dando”. La fila para pagar el mercado no se queda atrás…que delicia: le ponen musiquita de fondo, hay chocolates y chicles a la vista, revistas con 10 tips para seducir a su pareja, etc… amenizan de cierta forma la espera.

Lo mejor de las colas, no es hacerlas sino verlas. Es indescriptible el placer que se siente al pasar al lado de una y ver la gente inmóvil, con ese dejo inquieto, mientras esperan entrar al matadero. Todos los de la fila son conscientes que la están haciendo, y al mismo tiempo de los ojos piadosos que se compadecen de ellos. Como perro sin dueño me paseo por el frente y ejercito mi libertad sin piedad, exhibiendo una sonrisa llena de sorna y falsa conmiseración, viendo las caras de mística satisfacción de los que están a punto de coronar y las de angustia y resignación de aquellos que inician el viacrusis.

Mientras me preparo para mi próxima fila, me pregunto si la Reina Isabel de Inglaterra es consciente de lo que se ha perdido al no haber tenido ni siquiera para comulgar que hacer una cola en su vida.

Tartamu-Dos

Hace unos meses me tome el trabajo de redactar una oda a la tartamudez. Sin querer queriendo me converti, o me quise asignar la mision de ser la Sor Teresa de Calcuta de los gagos del mundo. Una luz al final de un callejon lleno de tarareos y frases a medias…

Para mi sorpresa, el articulito cogio fuerza y aterrizo en los lugares mas insospechados. Descubri que existia un Grupo Iberoamericano de Tartamudos, y hasta me hice miembro de la “Stuttering Society” (Sociedad de Tartamudos) en donde mensualmente envian un boletin de como convivir con la gaguera, como hacer valer nuestros derechos y como hacernos respetar ante un mundo cada vez mas fluido y veloz; (para los interesados www.stutteringhelp.org o www.tartamudez.org). Tanto me meti en el cuento, que considere crear una cofradia de tartamudos: un Israel de gagos donde podamos vivir tranquilos sin la necesidad de hablar al ritmo del opresor. Por un momento me lo imagine como un remanso de paz, independiente y soberano.

Teniendo en mente el coqueteo de esta Utopia, recibi un email de un “companero” (me refiero a otro gago). El camarada, me comentaba algunas experiencias con su gaguera y solicitaba algunos consejos.

Por la naturaleza del email, tuve la impresion que quien me escribia era mas gago que yo. Que tan gago? No lo se. Seria bueno establecer un indice de tartamudeos por minuto, para asi saber en que categoria estamos. Segun el informe de el la Sociedad de Tartamudos existen varias especies: a los que el carro les cancanea en cada silaba, a los que el carro no les prende al comienzo y despues todo sale a toda velocidad, y aquellos que toman impulso con cada metida de cambio y despues normalizan su recorrido. En fin, olvidandonos de la metafora del carro, este companero al parecer mas gago que yo, me estaba pidiendo consejos a mi??? quizas yo era el que debia pedirle consejos a el…!!??

De forma muy formal y respetuosa el camarada pregunta:

Con el debido respeto yo quísiera conocer más sobre el cómo ha sido su manejo de la tartamudez, ya que me gusta conocer muchos puntos de vista, especialmente las experiencias de gente como usted, que en sus palabras refleja optimismo y tranquilidad.

Le respondo: Mi tartamudez no me desampara ni de noche, ni de dia. Yo creo que hasta gagueo roncando. Me gusta rumiar mis ideas, masticarlas un poco, pero de forma secreta estoy haciendo las calistenias pertinentes para soltarlas cuando sea necesario. Hay que enfrentar las trabas en la garganta con suavena, y estar conscientes que cada vez que uno medio gaguea, la gente alrededor estara mas interesada, pendiente, y atenta de lo que uno va a decir. Uno genera “escuchas activos” y esa creo que es una contribucion a una sociedad tan pasiva como la nuestra.

Y sigue la carta…
Específicamente quisiera conocer como ha influído su tartamudez en su vida laboral, cuales han sido los impedimentos, saber tambien cómo la tartamudez ha influido en sus relaciones interpersonales y conyugales y cómo lo ha manejado, tambien conocer si usted ha hecho alguna terapia de lenguaje y su efectividad. De ante mano muchas gracias por su colaboración, esperando con ansias su respuesta y demás recomendaciones que usted considere. Finalmente le comento que su artículo fue leído por los integrantes del Grupo Iberoamericano de Tartamudez, del cual hago parte, y puedo decirle que gustó mucho.

Continuo respondiendole: En las relaciones personales y conyugales me ha ido de maravilla! A los bollitos, les encanta, creo que es hasta afrodisiaco. Uno las tiene siempre adivinando lo que uno quiere decir…eso si, entre mas pacientes, mejor.

-Las terapias de lenguaje no se si son efectivas. A mi hermano lo pusieron a jugar domino y a repetir un poco de palabras una y otra vez cada vez que iba a la terapia. Suena como aburridor, pero lo cierto es que aprendio a jugar muy bien domino…

-Laboralmente creo que ha influido bastante. De hecho, he redactado un manual con algunos trabajos que rotundamente debemos evitar y otros donde podemos brillar como estrellas.

Empezare por los que rotundamente deben evitarse:

-Traductor simultaneo, aunque sea de Espanol a Espanol.
-Martillo de Subastas. Ni se le ocurra intentar concursar porque lo mas seguro es que se vaya en blanco. Para aquellos jugadores compulsivos, el Bingo ofrece algunas posibilidades, sin embargo, aconsejo practicar al menos por treinta minutos antes, la palabra Bingo, Bingo. Bingo!
Narrador o comentarista de futbol. Seria una amenaza para el espectaculo.
Corredor de bolsa.
Y por ultimo, no se le ocurra trabajar en jingles de radio; me refiero a los que en 3 segundos botan a chorro todas las advertencias, clavadas, contraindicaciones innecesarias despues de una propaganda de cigarillos.

Para terminar, Los trabajos que que recomiendo:

Mimo. (*) Actividad en donde el exito esta asegurado.
Jugador profesional de Domino.
Para aquellos tartamudos osados y atrevidos…Cantante de Rap (entre mas gago, yo creo que mejor) Si lo del Rap no cuaja, quizas Cantante de coro de Villancicos–Canciones como “nana nanita nana,” y el “Tambolirero” (especialmente el coro Ro PO POM-POM POM). En este medio encontraran un nicho donde se sentiran nadando como pez en el agua; y lo mejor es que nisiquiera tendran que practicar mucho.

Fobia de Tijeras

Considero que se necesitan unos requisitos bien estrictos para ser peluquero: ser ante todo un buen escucha, tener una alta dosis de adivino y haber obtenido altas calificaciones de razonamiento abstracto en el colegio. Psicólogos camuflados que escuchan pedidos abstractos para que lo traduzcan a punta de tijeras. Hoy tome el riesgo de ir a motilarme, y me tocó de peluquera una sorda dislexica: Ya se imaginaran como quede de lindo.

Es la misma imagen de siempre. Energumeno y callado, espero a que me sacudan los pelos de la frente. Mi espalda siempre esta sudada de la rabia interna, ya que siempre que doy instrucciones explicitas y hago enfasis verbalmente y con las manos para que me corten el pelo de cierta forma, y siempre salgo trasquilado. En fin, es la misma rutina de siempre… me sacan el espejito para ver como me mocharon atras, sonrio dichoso y miento que se ve muy bien. Llenan un cepllo de perro con polvo para ninos y me intentan infructuosamente barrer los pelos q aun quedan en la frente. Sudado de la rabia , pero con cara de agradecimiento me despego de la silla de cuero de siempre, pago afanado y apenas salgo de la vista de la peluqueria, descargo por fin una gorra sobre mi cabeza.

Siempre, debo hervir la idea varias veces, antes de sacar el coraje y la fuerza de entrar a una peluqueria. No tiene nada que ver con cobardía, es mas bien el instinto de auto-conservacion. Por eso, la gorra nunca falta. El trayecto a casa es el mismo de siempre…El ceño fruncido animando dialogos internos …”Le dije q no me cortara mucho…se lo indique con el dedo!!!” Etc…maldiciendo al peluquero y su terquedad de cortarme el cabello de una manera contraria a mi voluntad.

Cómo se puede entrar tranquilo a un sitio donde la gente se gana la vida con Tijeras? Es difícil. Uno no sabe en quien confiar…será mejor el peluquero macho para que no le haga un peluquiado maricón? O será preferible el peluquero maricon para lograr un corte de macho? Con las peluqueras es la misma vaina, como te puede tocar una que te quiere cortar el pelo como tu mama, te puede tocar la que, enamorada de Chayanne, te quiere convertir a su imagen y semejanza.

Menos mal que nunca intento socializar con el peluquero, ya que seria inoficioso y altamente prejudicial desenmascarar detalles de mis inclinaciones politicas o deportivas. Quien quita que en represalia por una conversacion candida le hagan a uno el dano? No senor. Gracias a Dios ofrecen revistas para evitar estos altercados. Personalmente prefiero actuar interesadisimo en el crucigrama de la pagina 31 que alguien comenzo en 1982, o me inmerso por completo el popular articulito sonso sobre algun tema trivial. La moraleja es evitar cualquier tipo de confrontacion, discussion, debate con el que manda la parada.


Por eso nunca voy al mismo sitio de seguido y siempre procuro mantener mis pedidos concisos, didacticos y breves. Ojala pudiese pedir que me motilen como cuando pido en un restaurante un pedazo de carne: “Que término la desea?” “Tres cuartos.” Punto. Se acabo. No soy hincha de instrucciones minuciosas y amariconadas de como me gustan las patillas o de qué largo me gusta dejar el copete. No me gusta porque las encuentro inoficiosas, ya que a la larga no me van a parar bola, y tendré que regresar igual de energúmeno a mi casa. Me conformo con hacer un pedido con un léxico basico, y con la peinada equivocada de foto de papa chiquito con que se termina el martirio. Odio que otros me peinen, y me alarguen el copete, o que me pasen la peinilla y la guien con la mano alterna; pero sonrio, doy gracias, pago rápido y me largo del sitio.


Mi sueno es poder conocer al Hector Lavoe de los peluqueros…el peluquero de los peluqueros. Un angel de la guarda que me ampare de noche y de dia, que me consuele de las tragicas trasquiladas del pasado y que me ampare de las que se asoman a la vuelta de la esquina; ya que hoy mismo (jueves de luna llena) comienzo a buscar peluquerias clandestinas para apaciguar el zorrochucho que nida encima de mi cabeza.

Elogio a la Tartamudez

Vengo a mucho orgullo de una tradición de tartamudos. Mi abuelo se lo pegó a mi papá. Mi papá contagió del mismo 'encanto' a mi hermano menor y a mí. Mi hermano menor, José Felipe, afortunadamente nació fluido.
A mi hermano Rodrigo lo intentaron 'curar' llevándolo donde la doctora de la lengua a muy temprana edad. A mí me dejaron a mi suerte balbuceando palabras a medias y ametrallando oraciones de vez en cuando. No sé si lo llevaron a él porque su 'mal' era peor que el mío. Yo lo sentí como una discriminación tierna de mi mamá. En fin, nunca supe que era un problema hasta ser víctima de amigos que intentaban tartamudear también con la mezquina intención de hacerme sentir mal. Que va. yo les daba la bienvenida al club, y después me salían con un chorro de babas. Ellos eran fluidos de verdad, verdad. Yo, a ratos únicamente.
En fin. El tener un nudo constante en el triángulo de las Bermudas de mi garganta, lengua, laringe, o el lugar exacto donde vanidosamente aparecen los obstáculos invisibles que florecen como tartamudeos, ha tenido más ventajas que desventajas.
Pero comenzaré por las desventajas. Lo peor es cuando uno está en el entretiempo de un partido de fútbol y el hambre despierta. Hay que ir a una tienda tupida de hinchas hambrientos. El escenario es sencillo y complejo a la vez: mucha gente fluida haciendo pedidos, pocos atendiendo. El objetivo: no gaguear, hacer un pedido conciso y rápido. Una cosa es gaguear; la otra, gaguear en público y afectar el curso normal del evento. Con tanta gente, el que atiende no tiene tiempo para tarareos. Es la ley del que hable mas rápido.
Ahí es donde son esenciales las calistenias mentales. Uno va internamente repitiendo la vaina, como si fuera una especie de mantra, respirando, cogiendo el impulso necesario para soltarlo todo. Ayuda usar manos y gestos, y apenas uno sienta que le están parando bolas, soltar esa bola de fuego que uno ha venido amasando con cariño dentro de la boca. El acabóse se forma cuando el que atiende pide que repita el pedido o peor aún, cuando no hay lo que uno ha balbuceado con tanto esfuerzo.
Ahora las ventajas. Ser tartamudo ha redefinido mi posición dentro de la comunidad. No sé si sean vainas de mi abuela paterna, pero si me voy a montar en un bus, debo tener el cambio exacto antes de llegar a la parada de éste. Parecido ocurre al rebotar, amasar, ablandar las palabras dentro de mi conciencia para que salgan más ligeras al momento de hacer pedidos en establecimientos públicos. El trancón se puede formar a cualquier hora, y todo gracias a la tartamudez.
La otra parte del asunto es que el léxico crece exponencialmente con el grado de gaguera que uno tenga. Mi abuelo, que en paz descanse, decía que gagueaba hasta escribiendo a máquina. Me senté con el abuelo bastantes madrugadas a escribir en dúo ensayos para la clase de castellano en un cuarto lleno de libros y diccionarios. Yo dictaba mientras él transcribía y hacía la corrección de estilo simultáneamente. Sé que fue una persona muy sabia y estoy convencido de que la gaguera tuvo que ayudar en algo aquella fascinación con las palabras.
Yo al menos ya sé cuáles son las palabras inelásticas y testarudas, o dadas a enredarse. Por eso tengo un inventario de palabras alternas que uso solo en casos de emergencia. Al igual que mis progenitores, también he desarrollado una facilidad para cálculos mentales indispensables para intercambiar palabras ligeras al aroma más leve de un nudo.
Mi mamá ha vivido por más de 28 años con puros gagos. No ha sido contagiada y hasta creo que ha ayudado a afinar su oído en su profesión de mujer orquesta. Cada vez que hay una proeza de mi papá, o de alguien perteneciente al club de los gagos. dice: ".si vieras cómo habló de bien tu papá-hermano-etc., ni gagueó".
Creo que de tanto convivir con gagos ha desarrollado también una capacidad mental extraordinaria, un sexto sentido, una especie de telepatía. Usualmente mientras charla, se pone en lugar del otro (fluido o no fluido) y completa sus pensamientos y palabras. Presintiendo los esfuerzos rutinarios de la garganta (o donde sea que se genera la gaguera), mi mamá suelta posibles opciones, conclusiones, resultados para que uno, en medio del desespero por desembuchar la idea, solo pueda escoger a, b, c, o d. Creo que es menos doloroso que presenciar unos cuantos minutos de muecas y metrallas, y hace la conversación un tanto más fluida.
Es imposible camuflar una gaguera. Lo he intentado mil veces y muy pocas se comen el cuento. Hay veces en que enredo oraciones con bostezos atravesados, nombres con tarareos de canciones imaginarias, etc. Siempre que voy a un restaurante con mi papá, lo miro cuando ordena. Yo ya sé lo que va a pedir, pero cuando el mesero se acerca, él se hace como si estuviese pensando. Indeciso entre un plato y otro manifiesta en voz alta su titubeo. Qué va... puras calistenias mentales y vocales para que le salga la vaina de un solo chorro. Yo soy igualito, la cosa es que mentalmente intento practicar y como nadie me oye a mí mismo rebotando la frase en mi conciencia una y otra vez, creo que se da la apariencia de fluidez.
Dicen que ya no soy tan gago. No sé quiénes son los que dicen eso. No les creo, ni les quiero creer. La gaguera es una actitud bacana. Creo que incita a pensar las cosas antes de balbucearlas (obvio, nosotros las tenemos que colar varias veces). Incrementa el léxico y ayuda a desarrollar la capacidad telepática e imaginación de las personas alrededor de uno. Y eso que no he mencionado la paciencia, ¿quién dijo yoga? Con más gagos en el mundo, definitivamente las cosas serían un tanto más calculadas, la gente posiblemente caminaría un poquito más despacio, quizás con una imaginación más desarrollada, pero con filas y demoras ridículas en las tiendas de estadios de lo que sea.